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Isidoro Suárez y el combate de Junín.



 


6 de agosto de 1824


Una valerosa carga de los húsares del Perú, al mando de Isidoro Suárez, derrotó a los realistas solamente con lanzas y sables.


Movimientos previos


El ejército patriota inició la marcha el 3 de agosto desde Cerro de Pasco, por el oeste del lago de Junín (tiene 70 kilómetros de largo por 16 de ancho). Al llegar a Conocancha el día 5, Bolívar supo que el realista Canterac marchaba hacia el norte por el otro lado del lago. Siguió entonces hacia el este con la intención de interceptarle su camino normal de retirada y librar batalla.


Canterac, al llegar a Carhuamayo, adelantó su caballería hasta Cerro de Pasco; así se enteró, con gran sorpresa, del movimiento que realizaban los patriotas. Volvió por ello sobre sus pasos, aceleradamente, para que aquellos cayeran en el vacío.


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Antecedentes


Al sur de Pasco y en las nacientes del río Grande, comienza el gran lago de Reyes (también llamado de Junín), situado entre la cordillera occidental y la oriental, que llena toda la depresión del terreno, hasta la entrada del valle de Jauja. El camino que desde Tarma conduce a Pasco, orillando su margen oriental, es el más llano; el del occidente, que va desde Pasco a Junín, es el más escabroso. En su extremidad meridional, se encuentra el llano de Junín, quebrado por colinas, en medio de riachuelos y pantanos formados por los desagües del lago. El realista Canterac, que se había reconcentrado en Jauja, informado tardía y vagamente del movimiento de los independientes, tomó con su caballería el camino oriental del lago, con el objeto de practicar un reconocimiento el 1º de agosto.


En Carhuamayo, a 26 kilómetros de Pasco, supo que Bolívar se había movido por la margen opuesta en dirección a Jauja. Los ejércitos efectuaban alternativamente una marcha paralela, en sentido contrario, lago por medio, tan ignorante el uno como el otro de sus movimientos. El general español, con su retaguardia amenazada, temeroso de perder su base de operaciones y su línea de comunicaciones, emprendió inmediatamente su retirada por el camino que había llevado para reunirse con su infantería el 5 de agosto. En 24 horas anduvo 88 kilómetros, y el 6 de agosto, a las 2 de la tarde, se hallaba en la extremidad austral del lago, en la pampa de Junín, y a su frente, por la parte del oeste, apareció al mismo tiempo el ejército independiente, con su infantería establecida en las alturas y su caballería que descendía al llano en aire de carga.


Acciones


Bolívar había marchado por las faldas orientales de la cordillera occidental, con el lago a su pie sobre su izquierda, a fin de salir a la derecha del río Grande de Jauja, apoyándose siempre en posiciones inexpugnables, lo que indicaba una prudencia que no le era habitual. Al avistar frente a Junín al ejército realista, hizo avanzar su caballería al mando de Necochea, fuerte en 900 hombres, y permaneció con su infantería en el terreno fragoso, como 8 kilómetros a retaguardia. La caballería estaba compuesta por seis escuadrones de granaderos montados y húsares de Colombia, un escuadrón de granaderos a caballo de Buenos Aires, y dos del Perú. La caballería española alcanzaba los 1300 hombres, y se consideraba invencible.


La caballería republicana, formada en columna sucesiva por mitades, se comprometió en un terreno desventajoso, por un desfiladero entre un cerro y un pantano, cortado por un riachuelo, ramal del lago que obstruía sus despliegues antes de salir a la pampa. Sólo tuvo tiempo de presentar en batalla dos escuadrones de granaderos montados de Colombia. Eran las 5 de la tarde. A Canterac le pareció propicia la oportunidad. Confiado por el número y la calidad de su arma favorita, que creía saber manejar, no quiso hacer uso de la artillería ligera ni de las compañías de cazadores que tenía a la mano. Se puso personalmente al frente de su caballería, desplegó su línea, reforzando las alas con escuadrones doblados y ordenó la carga con aires violentos a una distancia desproporcionada, sin darse cuenta exacta del terreno, error reconocido por sus mismos compañeros de armas. Su ánimo era flanquear con su derecha la izquierda de la columna republicana en marcha. No obstante, antes de alcanzar su objetivo, se encontró obstruido por el pantano, y se detuvo en confusión. Su izquierda y parte de su centro se desordenaron un tanto por el largo trayecto recorrido a gran galope, chocando con los dos escuadrones colombianos que con sus largas lanzas recibieron con firmeza la impetuosa carga. Más allá del ímpetu fueron arrollados y perseguidos por la espalda, envolviendo en su fuga la cabeza de la columna independiente, que en ese momento salía del desfiladero.


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Canterac cometió otro error más grave aún, que fue comprometer de golpe toda su fuerza sin prevenir una reserva que acudiese a las partes débiles o completase el triunfo. De esa acción resultó que, lanzados los escuadrones en desorden a la persecución, se comprometieron a su vez en el desfiladero acuchillando a los fugitivos. Necochea, traspasado de siete heridas de lanza fue pisoteado por los caballos de vencidos y vencedores, y quedó prisionero de los españoles. La reserva estaba emboscada a la orilla del pantano. El comandante Manuel Isidoro Suárez, que, con el primer escuadrón de húsares del Perú, se hallaba situado en uno de sus recodos, dejó pasar por su flanco el tropel de perseguidos y perseguidores y, cuando vio despejado el terreno, cargó por retaguardia a los vencedores, que a su vez se pusieron en precipitada fuga. Por propia iniciativa, a la usanza de la caballería, cargó contra el flanco y la retaguardia de los perseguidores, que, desmoralizados, volvieron caras. En breves minutos, los escuadrones patriotas que estaban en retirada se reorganizaron y retornaron a la lucha: de perseguidos se transformaron en perseguidores. Los escuadrones patriotas reaccionaron con Miller a su cabeza, volviendo grupas para quedar dueños del campo. Canterac, que consideraba seguro su triunfo, no quería dar fe a sus propios ojos al presenciar su derrota, y en su parte escribió: “Sin poder imaginarme cuál fue la causa, volvió grupas nuestra caballería y se dio a una fuga vergonzosa. Parecía imposible en lo humano que una caballería como la nuestra, tan bien armada, montada e instruida, con tanta vergüenza huyese de un enemigo sumamente inferior bajo todos respectos, que ya estaba casi batido, echando un borrón a su reputación antigua y puesto en peligro al Perú todo”.


Toda la acción duró sólo 45 minutos. Fue un combate de arma blanca; no se disparó un solo tiro. Quedaron en el campo 250 realistas muertos a sable y lanza. La pérdida de los republicanos no pasó de 150 entre muertos y heridos, entre ellos Necochea, gloriosamente rescatado. Los derrotados fueron perseguidos hasta guarecerse bajo los fuegos de su infantería, que se puso inmediatamente en retirada. El nervio del ejército realista quedó para siempre quebrado en este memorable combate, precursor del triunfo definitivo.


La retirada de Canterac


Este combate tuvo una gran influencia en el espíritu del general realista y de sus tropas. La retirada, que se inició esa misma noche, se hizo con gran precipitación (en los dos primeros días, el ejército recorrió 160 kilómetros) y finalizó en el Apurimac, a mediados de septiembre. Canterac perdió cerca de 3000 hombres, entre desertores, rezagados, enfermos y extraviados, además de armas y municiones. Junín, preludio de Ayacucho, marcó el inicio del fin del poderío militar español en América del Sur.



 


 

OMAR ALBERTO LOCATELLIflecha Autor: OMAR ALBERTO LOCATELLI, Coronel (retirado) del Arma de Caballería, miembro de número del Instituto Argentino de Historia Militar. Actualmente es director editorial de la EUDE (Editorial Universitaria del Ejército).








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